lilas violetas morados.
Y rojos y negros, y verdes también, como quien los llevó antes que yo.
No son nuevos pero yo me creo nueva en ellos: piso fuerte y sonrío cuando a cada paso aparecen alternándose, por debajo de mi nariz -en mi caminar siempre mirando al suelo, culpable de que no haya visto todavía ni uno de los tantos (dicen) colibríes que viven en los árboles de Quito-.
Descubro una pisada diferente a la mía en las formas de la suela, los sedimentos que otro pie -quizás un poco más grande que el mío, nada que unas medias gruesas no solucionen- ha depositado en la bota que ahora yo calzo, que ahora yo moldearé con mis caminos.
Bailar y no poder evitar mirar hacia abajo para ver como se mueven, como cuando era pequeña y estrenaba zapatos y corría por el pasillo de casa para demostrar lo veloces que eran. Saltar con la suela gruesa queriendo dejar huella de cada movimiento.
No poder esperar a estrenarlos, lo que implica cargar en la mochila todo el día, y toda la noche, el par que llevaba puestos antes, así como cargar historias pasadas en la espalda mientras me adapto a una nueva manera de andar. Por si acaso hace falta en algún momento ponerme en mis zapatos de ayer, recordar como era pisar con una suela más delgada, o como me ataba esos cordones más cortos sin que se deshiciera el nudo.
Puede que cuando me acostumbre, mire más a menudo para arriba y vea por fin colibríes. Aunque posiblemente cuando crea que vi a uno revolotear, sea en realidad mi pie izquierdo asomando bajo mi nariz.
