jueves, 23 de noviembre de 2017

Avísame cuando llegues.

Publicado en La Periódica (junio 2017)

Hemos salido de una reunión intensa y larga. Vamos a comer algo, yo necesito una biela, listo, vamos al hindú que hacen falafels y hay trago barato. Compartimos cerveza y seguimos hablando de lo mismo por lo que queríamos salir de esa asamblea, tan llena de gente querida, y tan maldecida por nosotras mismas cuando nos cuesta tanto llegar a decisiones. Pero lo logramos y por eso esta pequeña celebración. Que bien cuidarnos.

Salimos y llueve fuerte, me apetece un chocolate, ¿me acompañan?, ¿cómo no te voy a acompañar hermana? Nos acompañamos a la cafetería… a ver si para el aguacero y puedo regresar en mi bici a casa sin llegar con los calzones mojados. Mientras las nubes se derriten en sus tazas de chocolate humeando, demasiado dulce para mi gusto pero suficiente para verlas disfrutar un poco más de su deseo cumplido —pequeño pero enorme a la vez—, se nos va el tiempo hablando, quejándonos, entendiéndonos e indignándonos. Jodido capitalismo que nos arrebata las horas a costa de unos cuantos dólares al mes, evitando que nos reunamos así más a menudo. Jodido capitalismo heteropatriarcal que nos hace cómplices en estos pequeños ratos de sororidad.

Ya paró un poco la lluvia, volvemos a casa andando. Sólo quedamos tres, intentando no pisar los charcos que se han hecho en los múltiples huecos que hay en las calles. Las gotas todavía motean las superficies que reflejan la luz de las farolas, y mojan nuestras capuchas. Atravesamos esquinas oscuras, y escogemos el camino que nos permita ir juntas el tiempo más largo posible, que aun así se hace corto; nunca es suficiente el tiempo que podemos vaciarnos de nuestras inquietudes y malestares, pesadillas y alguna que otra buena noticia que teníamos tantas ganas de compartir pero que no habíamos encontrado el momento para hacerlo. Oye, ¡nosotras tenemos que virar por aquí! Toca despedirnos.

¿Seguro vas bien sola con la bici? Claro,¡hasta mañana! Ya… avísame cuando llegues, porfa. Ya. Pasó. Las primeras veces que oía esta frase me reía y decía “¡eso será si me acuerdo!”, me conozco, tan despistada yo, siempre me olvidaba de avisar a mi mamá cuando llegaba a casa de fiesta. No, en serio, cuídate. Entonces me di cuenta que no me lo decían por decir, que a veces no es buena idea volver tarde a casa. No es buena idea, si eres una mujer. Ahora siempre intento —me esfuerzo, lo prometo— enviar un mensaje a la compa que me pidió que la avisara. Llegué, ¿estás bien? Sí, buenas noches. Te abrazo; y yo. Y nos tranquilizamos mutuamente.

Las calles oscuras son territorios prohibidos para nosotras, aquí y en cualquier ciudad del mundo, me aventuro a decir sin miedo a equivocarme. Y lo asumimos, normalizamos ese miedo como si fuera nuestra responsabilidad, el peso a cargar por haber nacido mujeres. Es un riesgo salir a esas horas; como se te ocurre ir por esa zona a pie, te llamo a un taxi. El miedo —real— a ser acosadas, violadas, juzgadas, tocadas, miradas… nos hace actuar de manera diferente a como nos gustaría. El placer de ir en bici en contra vía por el medio de la calle solitaria, o de andar lentamente de madrugada oliendo las hojas recién mojadas por la lluvia, se ve coartado por la premura de llegar pronto a casa y mandar el mensaje que hará soltar un suspiro de alivio a la amiga que está al otro lado.

Lo he sentido en la piel, ese miedo que antes me parecía una leve sensación de repulsa que me quitaba de encima con un grito o mostrando mi dedo corazón a quien se me acercaba demasiado. He llegado a contar las veces que un hombre me ha hablado con lascivia, solamente para sentir que podía hacer eso aunque a mí me importara un comino y me incomodara lo que opinara de mi cuerpo; me he culpado tantas veces por ver un man agarrando a otra chica que lloraba y no saber qué hacer, y tener que buscar ayuda para intervenir; he sentido impotencia cuando me doy cuenta que cada cinco minutos me giro para ver qué o quién está detrás mío… si es que hay alguien y no son imaginaciones mías. He visto amigas, compañeras, hermanas llegar llorando por estos mismos motivos; y creo que no hay ninguna de ellas que no haya sufrido situaciones más fuertes de violencia.

Pocas lo cuentan, como si fuera un pecado. Por eso valoro tanto que lo compartan conmigo, y que me pidan ese “avísame cuando llegues” al despedirnos: porque me cuidan. Hoy dos personas me han escrito preguntándome si llegué bien. Pues no quiero, no quiero que sea así como nos veamos empujadas a amarnos. Quiero que las separaciones en medio de la noche después de haber pasado un rato juntas sean más un “pásatelo bien y llega cuando quieras a tu casa”. Me encanta ir por la calle bien tarde, cuando no hay nadie. Y además odio los taxis. No dejaré, pues, de reivindicar la noche como nuestra, así como tantos espacios que nos quedan por conquistar.

domingo, 9 de julio de 2017

segunda mano


Atarme (a) unos zapatos
lilas violetas morados.

Y rojos y negros, y verdes también, como quien los llevó antes que yo.

No son nuevos pero yo me creo nueva en ellos: piso fuerte y sonrío cuando a cada paso aparecen alternándose, por debajo de mi nariz -en mi caminar siempre mirando al suelo, culpable de que no haya visto todavía ni uno de los tantos (dicen) colibríes que viven en los árboles de Quito-.

Descubro una pisada diferente a la mía en las formas de la suela, los sedimentos que otro pie -quizás un poco más grande que el mío, nada que unas medias gruesas no solucionen- ha depositado en la bota que ahora yo calzo, que ahora yo moldearé con mis caminos.

Bailar y no poder evitar mirar hacia abajo para ver como se mueven, como cuando era pequeña y estrenaba zapatos y corría por el pasillo de casa para demostrar lo veloces que eran. Saltar con la suela gruesa queriendo dejar huella de cada movimiento.

No poder esperar a estrenarlos, lo que implica cargar en la mochila todo el día, y toda la noche, el par que llevaba puestos antes, así como cargar historias pasadas en la espalda mientras me adapto a una nueva manera de andar. Por si acaso hace falta en algún momento ponerme en mis zapatos de ayer, recordar como era pisar con una suela más delgada, o como me ataba esos cordones más cortos sin que se deshiciera el nudo.

Puede que cuando me acostumbre, mire más a menudo para arriba y vea por fin colibríes. Aunque posiblemente cuando crea que vi a uno revolotear, sea en realidad mi pie izquierdo asomando bajo mi nariz.

jueves, 15 de junio de 2017

Ahora que ya se iba


Ya ha llegado ese momento del día. La lluvia empieza, gota a gota, a oscurecer el suelo gris. Gris y lleno de escalones hechos torpemente para salvar la cuesta de los barrios de esta ciudad, encajonada en un valle y por lo tanto construida encima de diagonales.

La mañana puede empezar ardiente, amarilla, y me llena el cuarto sin pedir permiso; y me seca la húmeda y fría niebla que se había acomodado en mis pies desde ayer. En lugar de obligarme a levantarme del colchón todavía sin somier -o sin somier a secas; quién sabe si nunca le pondré uno-, esta sensación me ata al limbo entre el sueño y el despertar, interrumpido cada cinco minutos por la alarma que aplazo con el dedo sobre la pantalla del celular, trayendo con ella un asomo de fuerza de voluntad que apago con el susurro imaginario de “a la siguiente me levanto”.

Solía enfadarme conmigo o con quien dormía a mi lado cuando no saltábamos a la primera nota estridente del despertador. No era permitido quedarse un minuto de más en la cama. ¿Qué pasó? ¿Es el excedente de sueño acumulado de tantos años de madrugadora por placer?

Y mientras dura el sol y su cálida mirada me acecha, la mañana pasea lenta como si no tuviera pensado irse. Pero es asustadiza, y con una nube casual -y puntual, siempre pasado el mediodía- se retira sin disimular, ni pedir ese ratito más que ahora a mi me gusta robarle a las sábanas.

Las gotas grises y pesadas se apoderan de todas las superficies de esta ciudad diagonal y se vuelven ríos o mares con el paso de las horas. A veces -pocas- son solo cortos baños de realidad que te recuerdan que en la mitad del mundo el verano no existe.

Además también me llenan los zapatos de agua y la cabeza de nubes, y oxidan la cadena de mi bicicleta celeste que cada vez chirría más subiendo las cuestas inevitables. He aprendido a tolerarla, he hecho las paces con la lluvia que antes oscurecía mi alegría. Convivir y reconciliarme con el clima indeciso -¿quizás ese rasgo que tanto me identifica es lo que hace que le tenga cariño?- es un logro. Aún así, la melancolía y el aura sombría empapan todo, el frío agudiza el ambiente, y aun empaparme cada tarde volviendo a casa -o saliendo de ella-, no consigo suavizar esa chispa de fastidio y tristeza que se mezclan con la niebla recién llegada con el atardecer. 

Sacarse todo, ropa, zapatos, tristeza, fastidio, realidad, diagonales, para regresar entre las sábanas más tarde que pronto, oyendo el murmullo que no cesa de la lluvia, que pocos días ha dejado de aparecer, pero que aún así cada vez al llegar me sorprende esperando que “quizás hoy no”.

lunes, 12 de junio de 2017

five years after

Guau.

Crec que hi torno. Rellegir-me i regirar-me.
Com em sortien aquestes paraules i com pot ser que ho deixés enrere?

Potser el fet de no haver-me parat a teclejar tot allò que em sacseja, com ho feia anys enrere, explica en part què i qui o com sóc ara.

-des que recordo poder enllaçar lletres creant frases amb sentit, les històries m'han brollat cada cop que veia un full en blanc, o un d'aquells "papers de prova" fruit d'errors de la fotocopiadora o restes de documentss inútils. Se m'hi anaven les hores. Contes, històries, poesia, instants inmensos. Buidar-me jo i omplir pàgines-

Hi torno.
Perquè quan escric sóc jo des d'altres ulls que em miren/em miro.
Perquè llegir-me m'ha fet estimar el que deia i el que feia. Sobretot m'ha fet estimar-me i voler tornar-me a sentir així algun dia: quan llegeixi el que sento ara i com ho expresso/expressava ara.

-sé que em passo el dia escribint, de fet m'hi dedico, però és la nit al dia escriure el que escric i escriure el que em surt de les puntes dels dits com si fossin l'extrem dels fils que recorren el meu cos per acariciar el full en blanc deixant un rastre de mi-

En fi, que avui he recordat que un dia vaig obrir un bloc on volia vessar-hi totes les paraules que em sobraven i em sortien a granel. I el vaig deixar a mitges, perquè hi havia moltes més amagades pels racons. Algunes m'han vingut a trobar avui.

Que les escrigui, diuen.