Hace cinco años,
un 13 de agosto, amanecía en Bogotá.
En el café recién
pasado saboreábamos nuestro primer descubrimiento de una Suramérica
recién pisada. Y la ciudad se fue mostrando, mis ojos solo tenían
ojos para ella y sus puentes elevados, sus calles pequeñas y sus
mega calles, su imposible manera de moverse por ella, su smoke y sus
flores, su weed, su chicha, sus estudiantes y sus polas compartidas
con quienes fueron y eran y son todavía -anclados en un recuerdo de
una bella rebeldía organizada- estudiantes; sus montañas que la
hacían fría pero también su sol y su lluvia que la hacían viva,
caliente y refrescante. Mientras mis ojos solo tenían ojos para una
Bogotá que se me hizo acogedora a pesar de todo, no podía sospechar
que quien la recorría a mi lado estaba rompiendo algo que en un
tiempo explotaría, sembrando una distancia que hoy me alegra haber
cicatrizado. Es curioso que lo que en un momento nos parece que nos
marcará y dará frutos, acaba convirtiéndose en terreno baldío, a
modo de cortafuegos en un bosque que nunca va a arder.
Hoy, cinco agostos
después, en este día 13, amanece en Bogotá mientras vuelvo a
aterrizar en ella -no por segunda, ni tercera vez-.
Ahora, después
imprimirle tantos pasos, este continente se me hace casa, y, en esta
ciudad que ya casi conozco como conozco a la familia que la habita y
la hace viva, aunque sigue amaneciendo igual que siempre, es un
amanecer distinto, más caminado. Y la conozco cada vez que llego, y
la desconozco, porque me muestra nuevas risas, nuevas calles, nuevas
manos tendidas, que se solapan con las viejas, las cuales me ayudan a
estrechar ese abrazo que sostengo permanentemente con este lugar del
mundo, rodeado de tanta historia y tan poca memoria, y de tanto
empeño para hilvanar ese hilo que recupera, borda, cada nombre, cada
muerte, cada batalla y cada paso. Ya no solo mis ojos la ven; mi
piel, las plantas de mis pies, y mi boca la han tocado y recorrido. Y
hoy amanezco lejos de ese primer 13 de agosto, con la alegría de
quien deja atrás sin dejar atrás, de quien no pasará por el mismo
camino, ni caerá en la nostalgia de esa primera Bogotá. Porque
ahora es una nueva, más hermosa y menos misteriosa, más acogedora
todavía, una que contigo nunca pisaré, una que tu nunca pisarás.