domingo, 1 de septiembre de 2019

Volver a amanecer en Bogotá

Hace cinco años, un 13 de agosto, amanecía en Bogotá.
En el café recién pasado saboreábamos nuestro primer descubrimiento de una Suramérica recién pisada. Y la ciudad se fue mostrando, mis ojos solo tenían ojos para ella y sus puentes elevados, sus calles pequeñas y sus mega calles, su imposible manera de moverse por ella, su smoke y sus flores, su weed, su chicha, sus estudiantes y sus polas compartidas con quienes fueron y eran y son todavía -anclados en un recuerdo de una bella rebeldía organizada- estudiantes; sus montañas que la hacían fría pero también su sol y su lluvia que la hacían viva, caliente y refrescante. Mientras mis ojos solo tenían ojos para una Bogotá que se me hizo acogedora a pesar de todo, no podía sospechar que quien la recorría a mi lado estaba rompiendo algo que en un tiempo explotaría, sembrando una distancia que hoy me alegra haber cicatrizado. Es curioso que lo que en un momento nos parece que nos marcará y dará frutos, acaba convirtiéndose en terreno baldío, a modo de cortafuegos en un bosque que nunca va a arder.

Hoy, cinco agostos después, en este día 13, amanece en Bogotá mientras vuelvo a aterrizar en ella -no por segunda, ni tercera vez-.
Ahora, después imprimirle tantos pasos, este continente se me hace casa, y, en esta ciudad que ya casi conozco como conozco a la familia que la habita y la hace viva, aunque sigue amaneciendo igual que siempre, es un amanecer distinto, más caminado. Y la conozco cada vez que llego, y la desconozco, porque me muestra nuevas risas, nuevas calles, nuevas manos tendidas, que se solapan con las viejas, las cuales me ayudan a estrechar ese abrazo que sostengo permanentemente con este lugar del mundo, rodeado de tanta historia y tan poca memoria, y de tanto empeño para hilvanar ese hilo que recupera, borda, cada nombre, cada muerte, cada batalla y cada paso. Ya no solo mis ojos la ven; mi piel, las plantas de mis pies, y mi boca la han tocado y recorrido. Y hoy amanezco lejos de ese primer 13 de agosto, con la alegría de quien deja atrás sin dejar atrás, de quien no pasará por el mismo camino, ni caerá en la nostalgia de esa primera Bogotá. Porque ahora es una nueva, más hermosa y menos misteriosa, más acogedora todavía, una que contigo nunca pisaré, una que tu nunca pisarás.

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