domingo, 17 de marzo de 2019

Tatuaje II


Desromantizar como modo de vida y de lucha.
Vida escogida porque he decidido alejarme y evitar cualquier síntoma de esa ficción de los amores para siempre.

Desromantizar como dieta y como camino.
Le huyo al apego que implique demasiada responsabilidad, aunque no le fallo al compromiso o al deseo recíproco.

[Ay, deseo. Deseo a veces demasiado vertiginoso para una, pero a la vez tan atractivo que duele renunciarle]

Desromantizarme me aboca al miedo. Mi inseguridad se acentúa cuando constantemente tengo que confiar en quién me habita, esa yo misma que a gritos me pide estabilidad para amarse.

[Ay, estabilidad. Alguien de quien decidí también alejarme. Qué sencilla sería tenerla con un pacto de esos de pareja inseparable, en el que revisarme y cuestionarme no fuera parte de mi cotidianidad]

La inseguridad me aborda en cada esquina, por el riesgo de no sentir-me arropada, comprendida, acompañada por las decisiones tomadas. Desficcionar, desapegar, ¿desdesear?

Desmontar, racionalizar, construir de nuevo.

Ese alejamiento de la permanencia empieza a tomar mi casa, porque yo abro esa puerta y lo hago pasar, puede ser como un viento que saldría por la primera ventana abierta que encontrara -la de mi cuarto- pero le invito a inscribirse en mi piel, para siempre.

sábado, 16 de marzo de 2019

TATUAJE I


Agujas agudas rellenan mi dermis
-tan blanca, descolorida,-
con tinta oscura y espesa
empujada por impulsos eléctricos.
Agudas agujas eléctricas
de insistente trazo
dejarán para siempre en mi,
lleno de significado, un rastro.

Permanencia performada
en forma de dibujo
en mi piel;
como si fuera tan fácil quedarse
en mi piel.

Agujas agudas que llegan e inundan
tan dentro, mi deseo
que definen y me liberan
a través de impulsos eléctricos.
Agudas agujas de otra piel
que consigue que me deje amar
y a pesar de su rastro imborrable
no será para siempre. Jamás.

Desapego desmesurado
me moldea y se va
de mi piel;
aunque siempre estará
en mi piel.