Desromantizar como modo de vida y de
lucha.
Vida escogida porque he decidido
alejarme y evitar cualquier síntoma de esa ficción de los amores
para siempre.
Desromantizar como dieta y como camino.
Le huyo al apego que implique demasiada
responsabilidad, aunque no le fallo al compromiso o al deseo
recíproco.
[Ay, deseo. Deseo a veces demasiado
vertiginoso para una, pero a la vez tan atractivo que duele
renunciarle]
Desromantizarme me aboca al miedo. Mi
inseguridad se acentúa cuando constantemente tengo que confiar en
quién me habita, esa yo misma que a gritos me pide estabilidad para
amarse.
[Ay, estabilidad. Alguien de quien
decidí también alejarme. Qué sencilla sería tenerla con un pacto
de esos de pareja inseparable, en el que revisarme y cuestionarme no
fuera parte de mi cotidianidad]
La inseguridad me aborda en cada
esquina, por el riesgo de no sentir-me arropada, comprendida,
acompañada por las decisiones tomadas. Desficcionar, desapegar,
¿desdesear?
Desmontar, racionalizar, construir de
nuevo.
Ese alejamiento de la permanencia
empieza a tomar mi casa, porque yo abro esa puerta y lo hago pasar,
puede ser como un viento que saldría por la primera ventana abierta
que encontrara -la de mi cuarto- pero le invito a inscribirse en mi
piel, para siempre.
