Y es muy probable que sea mi llegada que haya transformado ante mis ojos esta ciudad, que mi mirada, mi manera de pisarla venga de una voluntad, escondida en algún rincón de mi cuerpo, de querer encontrarme con todos esos recuerdos que los enredados relieves de estos lugares han tejido en mi. Y de un poder romantizar esta cosa que es el cemento apilado para crear huecos vivibles con su cocina y sus cuartos donde llegar a hacer el amor y el hogar, atravesado por arterias circuladas de humo y asfalto, encontrar el placer en recorrer las calles, los patios, cruzar miradas huidizas y palpar el gusto entre lo frenético y la calma que solo me dan las ciudades.
Y por mucho que el mar, el bosque, las cimas de las montañas y los volcanes me traigan a otra realidad, en verdad, y sin poder remediarlo, en esta Ciudad de México infinita me doy cuenta que nada me evoca y me permite conocer y sentirme “en casa” como lo que se cocina en la urbe. Las ciudades me sirven para regresar, para observar sin ser vista, como se mueve, relaciona, se manifiesta, se (des)organiza el cúmulo de personas que habitan, como pueden, este piso tembloroso de supervivencia.