miércoles, 30 de enero de 2019

Hay como una tormenta en mi cabeza


Hay como una tormenta en mi cabeza. Pero llueve solo por dentro, soy incapaz de hacer un hueco en la capa impermeable de la que estoy cubierta para que esta humedad deje de anegarme.

Llevaba un mes llorando con cualquier canción, con sencillas frases de libros que me acarician las pestañas y se recrean en mis lagrimales. Llevaba días dejando que esto pase, encantada de que por fin pase. Algo hizo -y no negaré que sé qué fue; a.k.a. chute de energía erótica que revolucionó mis emociones- que mi cuerpo entendiera por fin cuánto necesitaba este soltar, saldar esta deuda que llevaba tanto tiempo escondida en el resquicio de mi puerta blindada, de mi capa impermeable que ahora vuelve a tejerse insondeable. 
 
Lloré de rabia, de excitación, de añoranza, de reencuentro, de sorpresa, y de quererme y querer; de despedida insospechada. Todo en un remolino de días que pasó por mi costa este como una tormenta de verano en invierno. Pero ahora no puedo llorar. Ahora cuando necesito hacerlo, parece que se cerró la grieta. El dolor es más de ahogar, de quedarse dentro y llenar mis pulmones, mi estómago.

Me abrazo a mi misma y me araño los brazos, aprieto los dientes, pero el velo impermeable es de acero ahora. Por fuera soy de acero, pero por dentro parezco de raso; la presión me agrede cada rincón. Me recrimino la insensibilidad de mi piel, y mientras tanto me inundo por dentro.