algo que me agarra por el
cuello del jersey y me arrastra violentamente hacia atrás.
no un atrás de atrás del
cuarto donde estoy ahora, o calle atrás. Un atrás que no me
tumba de la silla, pero casi. No me hace frenar la bicicleta, sino
que hace que pedalee más rápido, contra el viento. Y que cierre los
ojos, para forzar a esa lágrima indecisa a salir.
Contradictoria combinación de la timidez que resbala por la
cara y impregna una pequeña superficie circular en el tejido
donde cae silenciosa, con el arrebato violento que obliga a regresar
a ese momento en el que sonreía así. Y por ese motivo. Y con
esas(s) persona(s).
Y se esparce. Una
onda expansiva irrumpe
en la laguna que parecía tranquila, esa gota
que por fin derramó
mi vaso. Removiendo
todo, tanto... Tanto que desbordó la inquietud permanente
que me habitaba. Y la intento contener
con mis manos. Pero aunque mis dedos se presionen
firmemente unos con los otros para cerrar el hueco, no pueden
contener la corriente, el torrente, esa fuerza de agua
seca que me arrastra
feroz. Atrás. sàrtA.
Y que mierda
y que dulce a la vez. Ver reflejada en esa laguna la felicidad
ondeante y vibrátil -demasiado embellecida por la nostalgia-
que ya fue. Y bañarme en ese agua. Y ver por qué eso se
acabó, y darme cuenta que está fría, congelada, y me hace tiritar,
y ya quiero salir y encontrar algo que me arrope y sacudirme la
humedad triste de la piel.
Y encuentro
calidez en el ahora, al que llego con esfuerzo. Un ahora
que no me agarra, ni me arrastra, ni me sacude violentamente. Sino
que soy yo quien lo empuja, suavemente, casi siempre. De vez
en cuando se detiene remolón, distraído, buscando de dónde habrá
caído esa gota helada que ha impregnado un pedacito de su
tejido y le ha dejado tiritando un segundo. Y yo me encuentro
sola, tambaleante, unos pasos por delante “¿otra vez?”;
miro atrás y ahí está. Pero (me) soy paciente, y regreso con la
mano extendida para que me acompañe. Ven, ahora, sigamos.
Y veo esa gota,
me llevo a los labios la tela en la que aterrizó para sentir el frío
que se ha enredado entre los hilos.
Ese
volver atrás se acomoda en mi ahora, en los pequeños huecos que le
dejo habitar. Como no
siempre le dejo (lo evito, a menudo), de repente regresa
con furia, y entonces mis dedos no pueden contener la corriente. A
veces soy yo quien reclama un poco de lluvia fría
para desencallar la inquietud que me estorba y me arruga. Y
recibo la onda expansiva de recuerdos que me invade, me
abraza. Y la abrazo. ozarba al Y.