Hay como una
tormenta en mi cabeza. Pero llueve solo por
dentro, soy incapaz de hacer un hueco en la capa impermeable de la
que estoy cubierta para que esta humedad deje de anegarme.
Llevaba
un mes llorando con cualquier canción, con sencillas frases de
libros que me acarician las pestañas y se recrean en mis lagrimales.
Llevaba días
dejando que esto pase, encantada de que por fin pase. Algo hizo -y no
negaré que sé qué fue; a.k.a. chute de energía erótica que
revolucionó mis emociones- que mi cuerpo entendiera por fin cuánto
necesitaba este soltar, saldar esta deuda que llevaba tanto tiempo
escondida en el resquicio de mi puerta blindada, de mi capa
impermeable que ahora vuelve a tejerse insondeable.
Lloré de rabia, de
excitación, de añoranza, de reencuentro, de sorpresa, y de quererme
y querer; de despedida insospechada. Todo en un remolino de días que
pasó por mi costa este como una tormenta de verano en invierno. Pero
ahora no puedo llorar. Ahora cuando necesito hacerlo, parece que se
cerró la grieta. El dolor es más de ahogar, de quedarse dentro y
llenar mis pulmones, mi estómago.
Me abrazo a mi misma y me
araño los brazos, aprieto los dientes, pero el velo impermeable es
de acero ahora. Por fuera soy de acero, pero por dentro parezco de
raso; la presión me agrede cada rincón. Me recrimino la
insensibilidad de mi piel, y mientras tanto me inundo por dentro.
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