Ya ha llegado ese momento del día. La lluvia empieza, gota a gota, a oscurecer el suelo gris. Gris y lleno de escalones hechos torpemente para salvar la cuesta de los barrios de esta ciudad, encajonada en un valle y por lo tanto construida encima de diagonales.
La mañana puede empezar ardiente, amarilla, y me llena el cuarto sin pedir permiso; y me seca la húmeda y fría niebla que se había acomodado en mis pies desde ayer. En lugar de obligarme a levantarme del colchón todavía sin somier -o sin somier a secas; quién sabe si nunca le pondré uno-, esta sensación me ata al limbo entre el sueño y el despertar, interrumpido cada cinco minutos por la alarma que aplazo con el dedo sobre la pantalla del celular, trayendo con ella un asomo de fuerza de voluntad que apago con el susurro imaginario de “a la siguiente me levanto”.
Solía enfadarme conmigo o con quien dormía a mi lado cuando no saltábamos a la primera nota estridente del despertador. No era permitido quedarse un minuto de más en la cama. ¿Qué pasó? ¿Es el excedente de sueño acumulado de tantos años de madrugadora por placer?
Y mientras dura el sol y su cálida mirada me acecha, la mañana pasea lenta como si no tuviera pensado irse. Pero es asustadiza, y con una nube casual -y puntual, siempre pasado el mediodía- se retira sin disimular, ni pedir ese ratito más que ahora a mi me gusta robarle a las sábanas.
Las gotas grises y pesadas se apoderan de todas las superficies de esta ciudad diagonal y se vuelven ríos o mares con el paso de las horas. A veces -pocas- son solo cortos baños de realidad que te recuerdan que en la mitad del mundo el verano no existe.
Además también me llenan los zapatos de agua y la cabeza de nubes, y oxidan la cadena de mi bicicleta celeste que cada vez chirría más subiendo las cuestas inevitables. He aprendido a tolerarla, he hecho las paces con la lluvia que antes oscurecía mi alegría. Convivir y reconciliarme con el clima indeciso -¿quizás ese rasgo que tanto me identifica es lo que hace que le tenga cariño?- es un logro. Aún así, la melancolía y el aura sombría empapan todo, el frío agudiza el ambiente, y aun empaparme cada tarde volviendo a casa -o saliendo de ella-, no consigo suavizar esa chispa de fastidio y tristeza que se mezclan con la niebla recién llegada con el atardecer.
Sacarse todo, ropa, zapatos, tristeza, fastidio, realidad, diagonales, para regresar entre las sábanas más tarde que pronto, oyendo el murmullo que no cesa de la lluvia, que pocos días ha dejado de aparecer, pero que aún así cada vez al llegar me sorprende esperando que “quizás hoy no”.
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